Principios...

 

Herida.
Algo se queja, sin palabras. Una avalancha de palabras, contra la mudez que gana tenazmente terreno a la vez que la inconsciencia. Ese emerger y sumergirse la conciencia en una marea fabulosa y primigenia. Como una isla, la memoria. Ésta la lleva ahora a donde la llevan las palabras: éste será uno de sus últimos pensamientos lúcidos. Algo se queja. En ella, en torno a ella. Nadie que pueda escuchar la queja. Sólo la marea y el espíritu que sopla sobre las aguas. Extraña idea. Esa urbanidad que le fue inculcada hace tanto tiempo le hace susurrar, con la lengua hinchada y entumecida: Que las ambulancias tengan una suspensión tan mala. Una frase que el médico, sentado en el trasportín junto a la camilla, coge afanosamente al vuelo, curiosamente embelesado. Es una vergüenza, asegura una y otra vez, una verdadera vergüenza, las protestas no han servido de nada. Ahora la exhorta a tener el brazo inmóvil. Del recipiente oval y transparente que, por encima de ella, vibra al ritmo de la ambulancia va pasando a la vena de su brazo, a través de tubos, una gota tras otra. Elixir. Elixir de vida. Con la mano derecha tiene que agarrarse al asidero que cuelga del techo del vehículo para no sentir las sacudidas de la dura camilla. El dolor de la herida aumenta; dadas las circunstancias no es de extrañar, dice el médico furioso. Un largo viaje. Emerger, sumergirse. Hundirse. Que entonces siempre sean más fuertes los quejidos. Descenso. Otra gran oleada de la misma marea, va a llevarme con ella. Hundirme. Ser hundida. Oscuro. Silencio.

Christa Wolf
En carne propia