Carl Sagan era estadounidense y doctor en Astronomía y Astrofísica, trabajó en
la NASA y sus trabajos docentes, investigadores y como escritor de divulgación
científica le llevaron a recibir multitud de premios.
Los siguientes textos han sido extraídos literalmente del libro
de Carl Sagan (1934-1996) "Miles de Millones" (1997).
En ese libro expone una serie de pensamientos y estudios sobre temas
muy variados, como pueden ser las matemáticas, la astronomía, la ecología,
el calentamiento global y el cambio climático, la religión y el más allá,
el aborto, la política, la carrera armamentística, el peligro nuclear...
Los seres humanos somos unos recién llegados, estamos aquí desde hace apenas
unos pocos millones de años. Nuestra presente civilización técnica cuenta tan
sólo unos cuantos siglos. No tenemos demasiada experiencia reciente en lo que
se refiere a cooperación voluntaria entre especies (ni siquiera dentro de la propia).
Nos hemos consagrado a tareas a corto plazo y apenas pensamos a largo plazo.
No hay ninguna garantía de que seamos capaces de entender nuestro sistema ecológico
planetario cerrado o de cambiar de conducta en consonancia con ese conocimiento.
Nuestro planeta es indivisible. En Norteamérica respiramos el oxígeno generado en las
selvas ecuatoriales brasileñas. La lluvia ácida emanada de las industrias contaminantes
del Medio Oeste de Estados Unidos destruye los bosques canadienses. La radiactividad
de un accidente nuclear en Ucrania pone en peligro la economía y la cultura de Laponia.
El carbón quemado en China eleva la temperatura en Argentina. Los clorofluorocarbonos
que despide un acondicionador de aire en Terranova contribuyen al desarrollo del cáncer
de piel en Nueva Zelanda. Las enfermedades se propagan rápidamente a los más remotos
rincones del planeta, y su erradicación requiere un esfuerzo médico global.
Por último, la guerra nuclear y el impacto de un asteroide suponen un peligro no
desdeñable para todos. Nos guste o no, los seres humanos estamos ligados a nuestros
semejantes y a las plantas y animales de todo el mundo. Nuestras vidas están
entrelazadas.
Dado que no hemos sido dotados de un conocimiento instintivo sobre el modo de
convertir nuestro mundo tecnificado en un ecosistema seguro y equilibrado, debemos
deducir la manera de conseguirlo. Necesitamos más investigación científica y más
control tecnológico. Probablemente sea un exceso de optimismo confiar en que algún
gran Defensor del Ecosistema vaya a intervenir desde el cielo para enderezar nuestros
abusos ambientales. Es a nosotros a quienes corresponde hacerlo.
No tendría por qué ser imposible. Las aves -cuya inteligencia tendemos a subestimar-
saben cómo mantener limpio su nido. Otro tanto puede decirse de los camarones, cuyo
cerebro tiene el tamaño de una mota de polvo, y de las algas, y de los microorganismos
unicelulares. Es tiempo de que también nosotros lo sepamos.
Nuestra civilización técnica se está poniendo a sí misma en peligro.
Por todo el mundo los combustibles fósiles degradan simultáneamente la salud
del aparato respiratorio humano, la vida en bosques, lagos, litorales y océanos,
y el clima del planeta. Es seguro que nadie pretendió causar semejante daño.
Los responsables de la industria basada en combustibles fósiles trataban,
sencillamente, de obtener un beneficio para sí y para sus accionistas,
de ofrecer un producto que todos deseaban y de apoyar el poder militar y
económico de las naciones a que pertenecían.
El que no supieran lo que hacían, el que sus intenciones fuesen benignas, el
que la mayoría de nosotros, habitantes del mundo desarrollado, nos hayamos
beneficiado de nuestra civilización basada en combustibles fósiles, el que
muchas naciones y generaciones contribuyeran a agravar el problema, son
motivos para pensar que no es momento de echar las culpas a nadie.
No nos metió en este apuro una sola nación, generación o industria,
y no será una sola de ellas la que nos saque de él.
Si queremos impedir que este peligro climático tenga efecto, deberemos
trabajar juntos y por mucho tiempo. El principal obstáculo es, está claro,
la inercia, la resistencia al cambio de las grandes entidades multinacionales
industriales, económicas y políticas que dependen de los combustibles fósiles,
cuando son éstos los que crean el problema. A medida que crece la conciencia
de la gravedad del calentamiento global, en Estados Unidos parece menguar
la voluntad política de hacer algo al respecto.
Pese a la continuada resistencia de las industrias ligadas a los combustibles
fósiles, un sector empresarial sí ha empezado a tomarse muy en serio el
calentamiento global: las compañías de seguros. Las tormentas violentas y otros
fenómenos meteorológicos extremos vinculados al efecto invernadero
(inundaciones, sequías, etc.) pueden "llevarnos a la bancarrota", en palabras
del presidente de la Asociación de Aseguradores Norteamericanos.
En mayo de 1996, citando el hecho de que el 6% de los peores desastres
naturales de la historia de Estados Unidos se produjo durante la pasada
década, un consorcio de compañías de seguros patrocinó una investigación
sobre el calentamiento global como causa potencial.
Aseguradoras alemanas y suizas han promovido medidas para la reducción del
vertido de gases invernadero. La Alianza de Pequeños Estados Isleños ha
apelado a las naciones industrializadas para que hacia el año 2005 reduzcan
sus emisiones de gases invernadero hasta un 20% por debajo de los niveles de 1990
(entre 1990 y 1995 la emisión mundial de CO2 se incrementó en un 12%).
En otras industrias existe una nueva inquietud, al menos teórica, acerca de
la responsabilidad medioambiental, que refleja una abrumadora tendencia
de la opinión pública en (y hasta cierto punto más allá de) el mundo
desarrollado.
Casi a cada paso, sin embargo, hemos prestado más atención a lo local que
a lo global, más a lo inmediato que a las consecuencias a largo plazo.
Hemos destruido los bosques, erosionado la superficie del planeta,
alterado la composición de la atmósfera, debilitado la capa protectora
de ozono, trastornado el clima, emponzoñado el aire y las aguas y
conseguido que los más depauperados padecieran más que nadie la degradación
ambiental. Nos hemos convertido en predadores de la biosfera, poseídos
de arrogancia, siempre dispuestos a conseguir todo sin dar nada a cambio.
Ahora mismo somos un peligro para nosotros mismos y para los seres con los
que compartimos el planeta.
La agresión al entorno global no es responsabilidad exclusiva de empresarios
empujados por el afán de lucro y de políticos miopes y corruptos.
Todos tenemos parte de culpa.
Nuestra tecnología se ha hecho tan potente que estamos convirtiéndonos
en un peligro para nosotros mismos.
Creo que tenemos el deber de luchar por la vida en la Tierra y no sólo en
nuestro beneficio, sino en el de todos aquellos, humanos o no, que llegaron
antes que nosotros y ante quienes estamos obligados, así como en el de quienes,
si somos lo bastante sensatos, llegarán después. No hay causa más
apremiante, ni afán más justo, que proteger el futuro de nuestra especie.
Allí donde los seres humanos crean problemas, los mismos seres humanos
pueden lograr soluciones.